Conmovedor relato de Sara Rus

Concepción del Uruguay recibió este miércoles a Sara Rus, sobreviviente de Auschwitz y Madre de Plaza de Mayo, que mediante una actividad promovida por la Dirección de Derechos Humanos de la Municipalidad, brindó su testimonio ante un auditorio colmado. Sara narró su historia, la historia de una doble tragedia: víctima del Holocausto Nazi en su Polonia natal y de la Dictadura Cívico Militar en Argentina. Sobrevivió a los campos de concentración y exterminio y luego padeció la desaparición de su hijo durante la última dictadura argentina.

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Sara Rus llegó mansamente al auditorio municipal, que desde hacía media hora ya estaba colmado. Cientos de jóvenes ocuparon escaleras, pasillos y el mismo suelo para ser parte de esta charla. Fue lo primero que maravilló a Sara cuando ingresó. Porque un auditorio colmado de jóvenes es una maravilla para alguien que busca preservar y recrear la memoria, construir y reconstruir una sociedad con otros y para otros, resignificar la historia a partir de la experiencia y los recuerdos de quienes pensaron, lucharon, amaron y sufrieron y que pudieron recuperar nuevamente la palabra atragantada y acallada. “Estoy emocionada”, dijo al escuchar los aplausos que la recibían.

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Darío Baron, director de Derechos Humanos de la Municipalidad de Concepción del Uruguay la recibió también conmovido. “Queremos agradecer a todos los que realizaron un esfuerzo para que estas actividades se puedan realizar. Aquí hay un trabajo colectivo que tiene que ver con esta gestión municipal, pero también la Universidad Autónoma, la Departamental de Escuelas, y fundamentalmente los jóvenes, destacando como ejemplo a los jóvenes que fueron guías en la muestra de Ana Frank y hoy representan nuestro capital social. Ellos eligieron seguir trabajando, reflexionando y generando acciones para esta construcción colectiva que sigue los caminos de la Memoria, la Verdad y la Justicia”, destacó Baron. Los jóvenes mencionados, acompañaron a Sara Rus durante su charla, más de uno no pudo contener las lágrimas durante la noche.

Poco antes, el intendente José Lauritto había destacado: “Sara Rus es un ejemplo. Es una mujer que ha decidido luchar y sobrevivir para contar, esa es su meta. Sara tiene 92 años y sigue yendo a las escuelas para dialogar, y hoy está aquí para contar su historia, ante un auditorio con muchos jóvenes, eso tiene un valor difícil de dimensionar”. 

Así conocí a los nazis   

“Hay momentos que siempre los cuento porque fueron muy fuertes en mi vida”, comienza su relato Sara, ante un silencio absoluto, la mayor muestra de respeto que pudieron brindar las cerca de 500 personas que colmaron el auditorio. “Como cuando tenía 12 años y los alemanes entraron a Lodz como si fuera su casa, no hubo lucha como en Varsovia, no rompieron ningún edificio, solo destruyeron el templo judío. Yo de chiquita tenía el violín que me regalaron mis padres, lo adoraba y lo empecé a tocar de oído. Un día entraron los alemanes a mi casa y vieron el violín en la mesa. Preguntan en alemán ‘¿de quién es este violín?’. Le contesta mi madre también en alemán, porque en mi casa todos hablábamos alemán. ‘A mi nena le gusta tocar el violín’. ‘Ah, ¿te gusta tocar el violín?’, dice y lo rompe a pedazos en la mesa. Esa fue la primera impresión que tuve de los alemanes. Así los conocí”.

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“Fueron momentos muy difíciles. Yo siempre quise tener un hermano. Justo mi mamá se quedó embarazada cuando estalló la guerra.  Mi mamá tuvo un nene en el gueto. Fue un varón hermoso. Vivió tres meses nada más. Falleció de desnutrición porque no teníamos para comer. Yo era chiquita y salía corriendo a buscar un poco de leche para él, porque la repartían en un jarrito a las mujeres embarazadas. Me ponía en la fila a las cinco de la mañana para que me dieran un poquito de leche para mi hermano y las mismas mujeres embarazadas me sacaban porque creían que la quería para mí. ‘Vos nena andate de acá’, me gritaban. El hambre hace cualquier cosa…”, reflexionó.

En los Campos de exterminio

Sara cree en el destino. Dice que la vida le había preparado para ella otras cosas y siente que sobrevivió a los campos de exterminio Nazi para poder contar esa historia y que la memoria se siga reconstruyendo. También habla del amor, y se roba sonrisas cuando cuenta cómo conoció a su futuro marido en el ghetto: “Un día mi papá salió a pasear y se encontró con un joven, un lindo joven. Bernardo se llamaba. Empezaron a charlar y lo invitó a casa. Era un muchacho bien vestido, usaba botitas, era canchero. Yo ya me sentía una mujer adulta. Tenía quince años pero trabajaba, la verdad es que lo miraba mucho… me gustaba”, dijo y brotaron risas cómplices en el auditorio. Mi madre se dio cuenta porque no lo disimulé bien. El empezaba a venir cada vez más seguido a casa, teníamos confianza, pero no éramos novios ni nada parecido. Un día nos pregunta a dónde nos gustaría ir cuando terminara la guerra y ahí dijimos ‘Argentina’, porque un hermano de mi mamá ya estaba aquí. Este muchacho en el ghetto me pregunta si tenía una libretita. En esa época todas las nenas teníamos una. El dibujó la clave de sol y una partitura. ‘Yo te pongo una fecha para que nos encontremos en Buenos Aires’, me dijo. Anotó una fecha: 5 del 5 del ’45. Estábamos en el ’44. Yo la guardé como un tesoro. Claro, cuando llegamos a Auschwitz nos sacaron todo… Pero yo ya tenía la fecha en la cabeza. Saben en qué fecha entraron los americanos al campo donde estábamos detenidas hacia el final de la guerra?, el 5 del 5 del 45″.

En julio de 1944, Sara, su padre y su madre fueron deportados al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Se quedaron en Auschwitz los que habían sido designados para trabajar. Ellos siguieron hacia Birkenau. Caminaron los tres kilómetros que se conocieron como “las Marchas de la muerte”. Birkenau fue un campo de exterminio, una fábrica de muerte: en 18 meses mataron a 850 mil personas. Ellos desconocían su destino. Vivían escenas de desconsuelo, terror y miserias.

Sara recuerda que salvó a su madre, desafiando a un alemán que con un rebenque iba separando a las mujeres: “le hablé en alemán y no lo traté de usted, eso lo descolocó y me dejó a mi madre cuando la querían separar. Las otras mujeres desaparecieron”. Recordó luego cuando las desnudaban y las rapaban para higienizarlas. Recordó sus trenzas y otro milagro: “me sacaron a parte y me empezaron a revisar el pelo, enfrente mío había un cartel en alemán que decía: ‘Eine Laus dein Tod’, ‘un piojo, tu muerte’. Milagrosamente no tenía ningún piojo. Ese mismo día, no reconocí ni a mi propia madre, estabamos todas desnudas y peladas, fue horrible, le hablaba como si fuera una desconocida y me dijo ‘hija, yo soy tu mamá”.

Fin de la guerra

Sara cuenta con crudeza las escenas que su memoria le devuelve: el hambre, comer papas robadas, no tener fuerzas para levantar herramientas, trabajar hasta que desmayaban, la violencia y la persecución permanente. Trenes, traslados de un campo a otro, hacinamiento y hostilidad que no se detuvieron hasta el final de la guerra. “Los americanos llegaron a donde estábamos, ya los Nazis habían huido, hacía días que no comíamos… cuando vieron la escena de personas sin fuerzas y con un aspecto espantoso, desde el oficial con el rango más alto hasta el soldado más bajo se conmovieron y lloraron. Para nosotros había terminado la guerra”. Sara tenía 17 años.

Ya en libertad, Sara logra contactarse con aquel joven del Gueto: “él sabía que yo había sobrevivido con mi madre y me mandó una carta a través de una conocida que decía: ‘te estoy esperando, si no te encuentro nunca me voy a poder casar’. Yo no lo podía creer”. También contó anécdotas de su casamiento, de cómo la vida comenzaba a mejorar, pero la vida seguía siendo difícil para los judías en Polonia, por lo que deciden buscar al tío en Argentina. Debieron ingresar por Paraguay, y luego hasta enviar una carta a Eva Perón para no ser deportados. Finalmente, se asentaron en Villa Lynch, Buenos Aires y comenzó otra vida, corría el año 1948.

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La Dictadura

Trabajando en una fábrica de Auschwitz Sara había tenido un accidente, trabajando en el turno nocturno cayó hacia atrás y casi muere, desangrada por las heridas y afectada por las infecciones. Entonces le habían asegurado que no iba a poder ser madre. Sin embargo, en Argentina, un médico le juró que iba a hacer todo lo posible para que tuviera un hijo. El embarazo fue traumático pero eficiente: El 24 de julio de 1950 nacía Daniel Lázaro Rus, el sueño de Sara. Cinco años después llegó Natalia, la segunda hija de Sara, quien la acompaña a todas partes: “Fueron unos años increíbles, una felicidad absoluta”, dijo con brillo en sus ojos.

“Mi hijo soñaba con ser físico nuclear. Desde la primaria. Nosotros ni siquiera sabíamos lo que significaba, pero terminó la facultad y entró a trabajar en la Comisión Nacional de la Energía Atómica en el ’76. El era brillante… siempre fue un alumno destacado…”, Sara se quiebra por primera vez en la charla y luego de haber relatado todo el horror del mundo. Casi todo. El 15 de julio de 1977, Daniel Rus no volvió a su casa. Desde entonces se encuentra desaparecido.

La búsqueda fue absoluta, obstinada y exhaustiva. Recorrieron países, instituciones, agotaron todas las vías de información. “Hasta fuimos a hablar con el ministro Harguindeguy y me dijo que seguramente se fue con una chica. Pero Daniel no se fue con una chica. A Daniel lo detuvieron, lo torturaron y lo desaparecieron. Cuando encontré a madres que estaban en la misma condición que yo, comenzamos a organizarnos, a caminar y a buscar a nuestros hijos. Nos pusimos unos pañuelos blancos para identificarnos y hoy, todavía seguimos esa búsqueda, seguimos esa lucha. No nos mueve el odio. Queremos tres cosas nada más: queremos la Verdad, queremos hablar para que no se pierda la Memoria y queremos Justicia por lo que le hicieron a nuestros hijos. Nada más”, dice Sara, y estallaron miles de aplausos de manos que buscaban abrazarla a la distancia. Su hija Natalia allí presente confesaría luego que contar su vida es lo que le sostiene el espíritu a sus 92 años. “Transmitir la experiencia le rejuvenece el alma, le inyecta vida”, toda una definición.

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